Virgilio fue a Roma lo que Homero fue a Grecia.  A pesar de su timidez, supo tratar delicadamente las palabras para desarrollar una poesía épica, para resaltar la grandeza del floreciente imperio.  Nació en el año 70 en Ande, un pueblecito humilde.  Sin embargo, su vocación para la literatura permitió que reciba una educación esmerada en Cremona, Milán, Roma y Nápoles.  Su dedicación permitiría que fuera apreciado por grandes personajes en los cuales se incluye el propio Emperador Augusto.

Su obra cumbre fue La Eneida, que es una epopeya de la grandeza y la misión de Roma.  Consta de doce cantos, en los cuales se distingue la religiosidad, los ideales elevados y la estética de su composición.  La Eneida trata de la vida de Eneas, príncipe troyano, quien se encamina a fundar el imperio romano en Italia, pero en su camino encuentra innumerables vicisitudes hasta que finalmente logra su objetivo.  Se observa en esta obra una influencia de Homero: en los seis primeros libros toma elementos de La Odisea y en los seis últimos de La Iliada.


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A pesar de las imitaciones de autores griegos e incluso de latinos, tiene Virgilio una poderosa personalidad poética.  Es el príncipe de la epopeya latina, con su arte lírico bien trabajado.  Sus características más sobresalientes son la elevación de concepciones y la profundidad de sentimientos.  Estas cualidades, matizadas con el encanto de sus versos, le han consagrado como el poeta amado de las generaciones posteriores al cristianismo.  Como expresó San Agustín: “Virgilio, poeta grande, el más esclarecido y el mejor, difícilmente puede borrarse de los corazones una vez que ha penetrado en ellos desde los tiernos años”.