Demóstenes, nacido en Atenas en el año 384 aC, habría de convertirse en el mejor orador que ha tenido la humanidad, aunque para esto haya tenido que superar sus propias limitaciones.  Se conoce que en su adolescencia fue tartamudo y de voz ingrata.  De acuerdo a la leyenda, se metía piedrecitas en su boca para corregir la pronunciación y declamaba frente al acantilado, para reforzar la voz y perder el miedo escénico.  Sus defectos fueron finalmente superados, de manera que irrumpe en la escena griega desde muy joven gracias a su innato talento.

Si bien había nacido en el seno de una familia acaudalada, debido a que su padre era fabricante de armas en el tiempo de la guerra con Esparta, la prematura muerte de su progenitor fue otro revés que debía enfrentar.  Si bien quedó al cuidado de sus tíos, la fortuna de su padre fue malgastada sin que nada pueda hacer Demóstenes por ser menor de edad.  Por esta razón, luego de estudiar por su cuenta las obras que dejaran el filósofo Platón, el historiador Tucídides y el orador Isócrates, se presenta a los veinte años ante el Tribunal para defender su propia causa que era demandar la restitución de su patrimonio familiar.  En éxito que tuvo en esta empresa lo motivó para dedicarse a la profesión de logógrafo, relacionada a escribir discursos para que otros los pronunciaran en sus litigios, cobrando honorarios por dicho servicio.

La práctica que tuvo en esos años trabajando para otras personas, lo convirtieron en un maestro, de manera que se aventuró a expresar sus ideas en otro escenario, la Asamblea.  Este era el lugar en donde el pueblo se reunía para disertar acerca de temas de interés común.  El asedio a las ciudades estado griegas por parte del ejército de Filipo II, Rey de Macedonia, fue uno de los asuntos que más interesó a Demóstenes en su faceta de político.  En sus discursos, resalta las hazañas del pueblo heleno y fomenta la idea de libertad, aunque esto significara el enfrentamiento contra el floreciente Imperio.


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A pesar de la motivación de sus compatriotas para la defensa de Atenas, no pudieron con el embate de los guerreros comandados por Filipo II.  De hecho, las falanges macedonias no tuvieron resistencia, de manera que pronto cayeron las ciudades más septentrionales.    Finalmente el pueblo griego se rindió ante este agresor hasta su muerte acaecida en el año 336 aC.  La sucesión al trono de Macedonia de su hijo Alejandro, fue vista como una oportunidad para la resistencia, pero no contaban con el ímpetu de gloria de este joven, quien enfrentó con celeridad la revuelta, y para que sirva de escarmiento, destruyó la ciudad de Tebas.  Los años que siguen están reservados para Alejandro, quien conquistó los Imperios Persa y Egipcio.  Para entonces, Demóstenes había cambiado sus discursos, dirigiéndose al pueblo en un tono más cauto y conciliador.

Muchos de esos escritos nos han llegado hasta nuestros días, gracias al reconocimiento de otros filósofos como Cicerón, quien alabó su estilo.  Precisamente, la elocuencia de Demóstenes se distingue por el vigor y convicción de sus palabras, la sinceridad con la que expresa sus sentimientos y la fuerza en la argumentación de sus ideas.  A estas cualidades fundamentales van subordinados todos los recursos de oratoria y estilo, pero sin descuidar la disposición de las palabras.

No cabe duda que gracias a superar las adversidades de su juventud, Demóstenes desarrolló una fuerza interior que la exteriorizó con palabras con poder para llegar a las masas, gracias a lo cual se lo recuerda como el mejor orador de la historia.